

Desde la Parroquia Santa Marta de Pitalito, el presbítero Jairo Muños comparte una profunda reflexión sobre el llamado de Jesús a corregir con amor, cuidar a nuestros hermanos y asumir la responsabilidad de acompañarnos mutuamente en el camino de la fe.


Este domingo 23 del tiempo ordinario, la Palabra de Dios presenta una invitación profunda a cuidar la salvación propia y también la de los demás. El mensaje parte de la figura del centinela, encargado de vigilar, advertir ante el peligro y actuar oportunamente. Hoy, esa responsabilidad alcanza especialmente a las familias, comunidades y personas que comparten nuestra vida cotidiana. hoy


La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, recuerda que Dios constituye al creyente como centinela. Su misión no consiste en combatir, sino en advertir cuando aparece el peligro. El propósito es evitar que alguien se pierda. Esta imagen plantea una responsabilidad espiritual concreta: escuchar la Palabra, reconocer el mal y tener el valor necesario para hablar a tiempo en comunidad.


El mensaje también cuestiona la indiferencia frente a conductas equivocadas dentro del hogar. Padres, madres, esposos, esposas, hijos, hermanos y vecinos están llamados a no permanecer indiferentes cuando alguien toma un camino que puede hacerle daño. La reflexión advierte que callar por comodidad, miedo a una discusión o deseo de conservar tranquilidad puede convertirse en una forma de complicidad cuando.


La enseñanza propone una pregunta incómoda pero necesaria: ¿preferimos tener cerca a una persona contenta con nosotros, aunque continúe en el pecado, o ayudarla a encontrar nuevamente el camino hacia Dios? Desde esta perspectiva, amar no significa aprobarlo todo. Amar significa buscar sinceramente el bien del otro, incluso cuando corregir pueda provocar molestia, incomodidad o rechazo temporal en todo momento.


San Pablo, en la segunda lectura, resume la responsabilidad cristiana con una palabra fundamental: amor. Pero la reflexión aclara que el amor verdadero busca siempre el bien y nunca procura hacer daño al prójimo. Por eso, conductas violentas, humillaciones o acciones perjudiciales no pueden justificarse diciendo que nacen del amor, porque contradicen precisamente su sentido más profundo también hoy siempre.


El Evangelio presenta entonces el camino concreto para ejercer la corrección fraterna. Jesús pide comenzar en privado, hablando directamente con la persona involucrada. La razón es proteger su dignidad y evitar convertir su error en espectáculo público. Corregir no significa humillar, divulgar rumores ni destruir reputaciones; significa acercarse con respeto, sinceridad, prudencia y verdadero deseo de ayudar con verdadero amor.


Antes de corregir a otro, la reflexión invita también a realizar una autocrítica. Nadie puede acercarse creyéndose perfecto o completamente justo. Reconocer las propias debilidades permite hablar desde la humildad y no desde la superioridad. El objetivo no es demostrar quién tiene razón, sino ayudar al hermano a reconocer aquello que está dañando su vida y ofrecerle acompañamiento con humildad sincera.


La corrección fraterna, explica la reflexión, debe ser como una medicina para el alma. Así como un médico busca sanar al paciente, quien corrige desde el amor debe procurar que la otra persona salga del mal. No se trata de hundirla, exhibirla o hacerla quedar mal ante otros, sino de abrirle una posibilidad concreta de cambio con fe y esperanza.


Si la conversación personal no produce resultados, Jesús plantea acudir a una o dos personas más, para confirmar el asunto y acompañar el proceso. La intención continúa siendo salvar al hermano, no formar un grupo para atacarlo. La presencia de otros debe ayudar al diálogo, la verdad y la búsqueda sincera de una transformación posible mediante la caridad con respeto.


Cuando tampoco existe respuesta, el Evangelio propone llevar la situación a la comunidad. Incluso la expresión que invita a tratar al inconverso como pagano o publicano no significa abandonarlo definitivamente. La reflexión recuerda que Jesús trataba con amor a pecadores y publicanos, mostrando que nadie debe considerarse irremediablemente perdido mientras exista posibilidad de conversión y acompañamiento sin cerrar definitivamente las puertas.


La parábola de la oveja perdida ayuda a comprender esta actitud. Jesús enseña que quien se aleja no deja de tener valor. El pastor busca la oveja extraviada, aunque tenga otras noventa y nueve. Del mismo modo, una comunidad cristiana está llamada a mantener la oración, la cercanía y la esperanza por quienes se apartan, sin declararlos casos perdidos siempre con esperanza.
La reflexión insiste además en la corresponsabilidad. Nadie vive aislado de los demás ni puede afirmar que la situación espiritual de otra persona jamás le concierne. En la familia, la comunidad y los grupos apostólicos, existe un llamado a velar unos por otros. Esta responsabilidad exige sensibilidad para advertir, acompañar, orar y actuar siempre con caridad y prudencia entre hermanos de fe.
El mensaje adquiere especial importancia en los hogares, donde pueden aparecer conflictos, malas decisiones, conductas dañinas o situaciones que requieren orientación. La invitación no es a imponer ni a condenar, sino a dialogar oportunamente. Una conversación realizada en privado, con respeto y disposición para escuchar, puede convertirse en una oportunidad para reconstruir relaciones y recuperar caminos de bien para construir mejores hogares.

La Palabra recuerda finalmente que dos o tres personas reunidas en nombre de Jesús cuentan con su presencia. Esta afirmación convierte el diálogo comunitario en una experiencia espiritual. Cuando existe acuerdo para buscar el bien, corregir con amor y acompañar al que atraviesa dificultades, la comunidad puede convertirse en un espacio de esperanza, conversión y restauración desde la oración y el diálogo.
El mensaje central de este domingo queda así planteado: amar también significa cuidar la vida espiritual de quienes tenemos cerca. Corregir con caridad, hablar a tiempo, evitar la indiferencia y mantener la oración son responsabilidades compartidas. La invitación es no endurecer el corazón, escuchar la voz del Señor y trabajar para que nadie se pierda definitivamente con misericordia y esperanza.
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